¿Quién fue Caifás en la Biblia?

Caifás fue un Sumo Sacerdote en Jerusalén en el tiempo de la encarnación del Señor Jesús. Era saduceo como se ve en la Biblia en Hechos (Hechos 5:17).

Caifás fue el Sumo Sacerdote durante el tiempo en que Jesús fue juzgado y crucificado. Su nombre era José Caifás, y era el yerno de Anás, con quien estaba fuertemente asociado. Ocupó el cargo durante dieciocho años, desde el 18 al 36 d.C. aproximadamente.

El mismo Evangelio del Apóstol Juan considera que Caifás fue el líder de la conspiración para matar a Jesús, quien declaró que «les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la nación.» y que había profetizado ya que él «moriría por la nación judía». (Juan 11:50-51).

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La historia del sumo sacerdote Caifás

José Caifás fue el sucesor de Anás, su suegro, quien fue depuesto del cargo de sumo sacerdote aproximadamente en el año 15 d.C. Caifás fue nombrado por el procurador romano Valerio Grato, el hombre que precedió a Poncio Pilato.

Caifás era todavía el sumo sacerdote cuando tuvieron lugar las primeras persecuciones contra los cristianos registradas al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles. Finalmente fue depuesto por Vitelio.

Cronológicamente, Caifás aparece por primera vez en la Biblia en Lucas 3:2. En ese pasaje, Lucas habla del inicio del ministerio de Juan el Bautista, y hace una cita poco habitual. Escribe: «siendo Anás y Caifás sumos sacerdotes». Evidentemente, esto no fue un error del escritor bíblico.

Esta frase simplemente refleja la realidad de la época. Anás había sido depuesto años antes, pero «seguía siendo» sumo sacerdote junto a Caifás. Esta permanencia, sin embargo, no era oficial, pero sí real.

Mientras Caifás ocupaba el cargo de sumo sacerdote, su suegro seguía ejerciendo una autoridad igual a la suya, quizá incluso mayor.

Algunos creen que Caifás era el sumo sacerdote, pero Anás lo dirigía entre bastidores.

Nota Importante: La frase de Lucas termina diciendo «en aquel entonces, la palabra de Dios llegó a Juan hijo de Zacarías, en el desierto». Demostrando así que, aunque habían personas importantes, la palabra de Dios no llegó al emperador o a los sumos sacerdotes, sino a un verdadero hombre de Dios, caracterizado por la humildad y vivir en el desierto.

Caifás fue un hombre malvado y despiadado

Cuando leemos la Palabra de Dios, en los pasajes donde Caifás es mencionado, es posible ver quién era realmente este hombre.

Caifás era una persona malvada, manipuladora y despiadada. No midió ningún esfuerzo para conseguir lo que quería. No le importaba faltar a la justicia y derramar sangre inocente, siempre que sus intereses estuvieran protegidos (Mateo 26:3,57; 18:13-28; Hechos 4:6).

El comportamiento astuto, oportunista y atroz de Caifás queda claro en la forma en que abogó por la condena de Jesús.

Afirmó que Jesús debía ser sacrificado por el bien de la nación (Juan 11:49-50). Pero Caifás no pensaba en el bienestar del pueblo, sino que todo su deseo era con un propósito extremadamente egoísta.

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Caifás y el complot para matar a Jesús

Es posible que Caifás tuviera temor de Jesús, al pensar que el Mesías podía precipitar una revolución en la que Roma se volviera contra Jerusalén y amenazara su comodidad.

Ante la discusión del Sanedrín, básicamente Caifás afirmó que si Jesús seguía viviendo, la nación perecería. Sin embargo, si lo mataban, la nación se salvaría.

Pero el apóstol Juan afirma que las palabras de Caifás tenían un significado que ni siquiera él conocía. W. Hendriksen dice que Caifás dio un significado a sus palabras, pero Dios dio otro. En los labios de Caifás sus palabras fueron pronunciadas con un tono perverso, y no fue absuelto de la culpa de ser uno de los responsables directos de crucificar al Hijo de Dios.

Pero en la providencia divina esas mismas palabras expresaban la esencia del glorioso plan de redención. Por eso el apóstol escribe que, incluso sin saberlo, Caifás «profetizó que Jesús debía morir por la nación». Y no solo para la nación, sino para redimir los pecados de todo aquel que creyera en él.

Lo ocurrido a Caifás retrata muy bien la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana. Dijo lo que realmente quería decir. Actuó libremente según su naturaleza pecaminosa. Sin embargo, a través de sus palabras, Dios estaba cumpliendo sus decretos eternos.

Caifás condena a Jesús a muerte

El consejo de Caifás surtió efecto y fue seguido por los líderes judíos. Comenzaron a conspirar contra la vida de Jesús. Su deseo era conseguir detenerlo y finalmente matarlo.

En cierto modo, temían la reacción popular al arresto de Jesús. Pero en este sentido, Judas Iscariote encajó como un guante cuando se propuso traicionarle en secreto.

Después de haber comparecido preliminarmente ante Anás, Jesús fue llevado ante Caifás (Juan 18:24). Caifás presidía el Sanedrín, que en aquella ocasión buscaba cualquier motivo para acusar a Jesús. Así que el Sanedrín basó su juicio en el falso testimonio armado con el propósito de dar muerte a Cristo (Mateo 26:59).

Jesús se negó a responder a las falsas acusaciones de los líderes judíos. Entonces Caifás le interrogó sobre su posición como Mesías. Jesús respondió a Caifás aplicando a sí mismo un pasaje del libro del profeta Daniel (Daniel 7:13).

Entonces, sin perder tiempo, Caifás lo acusó de blasfemia. Toda la hipocresía de Caifás se puso de manifiesto cuando al final del juicio se rasgó las vestiduras como si estuviera profundamente entristecido, cuando en realidad estaba muy satisfecho de haber obtenido la base para la condena de Jesús.

Habiendo sido declarado digno de la pena de muerte ante el Sanedrín, Jesús fue llevado ante Pilato, el gobernador romano de la provincia. En aquella ocasión quedó claro que Caifás y los demás dirigentes judíos estaban celosos de Jesús (Mateo 27:18).

El sumo sacerdote Caifás es mencionado por última vez en la Biblia en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 4:6). Debido a que participó en la persecución de los apóstoles y aparece en el interrogatorio de Juan y Pedro ante el Sanedrín.

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