¿Quién fue María de Betania en la Biblia?

¿Conoces la historia de María de Betania en la Biblia? ¿Sabes quién fue esta mujer y lo que hizo cada vez que estuvo cercana al Señor y lo que dijo el Señor sobre ella? Si quieres saber más sobre este personaje del Nuevo Testamento, sigue leyendo este artículo.

María vivía con sus hermanos Marta y Lázaro en Betania, una aldea a unos tres kilómetros de Jerusalén, en la ladera oriental del Monte de los Olivos, en el camino de Jericó.

María de Betania era la hermana de Marta y de Lázaro; conocida principalmente por haber derramado un perfume de nardo puro ungiendo la cabeza del Señor para su futuro sepulcro; fue una mujer que Jesús amó y que vió la resurrección de su hermano.

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¿Qué significa el nombre María?

Tal como fue expuesto en nuestro artículo de María, la Madre de Jesús, el nombre María tiene un significado interesante.

El nombre María proviene del griego «Μαρία» o de su trasliteración «Mariam«, que significa probablemente «pureza», «virtud» o «virginidad».

Varios autores han atribuido el origen del nombre María a la raíz egipcia mry, que significa «amar». Además, algunas teorías dicen que el nombre María significa «mar de amargura», «la fuerte», «la que se levanta» o para algunos «estrella del mar».

Historia de María de Betania

La información de la Biblia sobre María de Betania, nos permite identificar que era la hermana de Marta y Lázaro (Juan 11:1-46), y que, probablemente era la hermana más joven de los hermanos, ya que Marta parece asumir una posición de liderazgo.

María aparece de forma destacada en varias ocasiones ocurridas en el ministerio terrenal de Jesús, una de ellas es cuando prefirió escuchar las palabras del Señor Jesús antes que dedicarse a las ocupaciones y afanes de la casa, cosa que hizo Marta.

Otra aparición importante es cuando ungió al Señor Jesús con un perfume muy costoso. Además, por supuesto, María es presentada en la Biblia, en uno de los milagros de Jesús, en la resurrección de su hermano Lázaro.

Jesús en casa de María en Betania

Un día, los tres hermanos recibieron la visita de Jesús en casa. Mientras Marta atendía a los invitados, María estaba sentada a los pies de Jesús escuchando su enseñanza.

Marta se enfadó con María y se quejó. Quería la ayuda de su hermana en el trabajo e incluso le habló al propio Señor diciendole que le hablara a María, para que fuera a ayudarle con el trabajo, seguramente la cocina, debido a que habían varias personas escuchando al Señor y es probable que estuviera preparando algo para comer (Lucas 10:39-40).

Pero Jesús no hizo que María ayudara a su hermana. Por el contrario, el Señor le explicó a Marta que no era necesario en ese momento preocuparse y afanarse por tantas cosas. Y que María había elegido bien al dar prioridad a escucharlo a él (Lucas 10:41-42).

Era mucho más importante escuchar las enseñanzas de Jesús que ocuparse de las cosas de la casa en ese momento. De hecho, el Señor le dijo: «María ha escogido la mejor «parte», y nadie se la quitará» (Lucas 10:42).

Muerte y resurrección de Lázaro

Cerca del final del ministerio del Señor, Jesús recibió la noticia de que Lázaro, el hermano de Marta y María, estaba muy enfermo. El Señor recibió el llamado de la familia de los tres hermanos para que fuera a sanar a su amigo, sin embargo, Jesús no fue (Juan 11:3-4). Unos días después, cuando Lázaro estaba muerto, Jesús fue a Betania.

Cuando las hermanas se enteraron que Jesús iba para su casa, Marta corrió a su encuentro y le dijo que podía haber evitado la muerte de su hermano. En su conversación con Jesús, Marta declaró su fe en que él era el Hijo de Dios y Jesús le explicó sobre la resurrección y la vida eterna (Juan 11:24-27).

Entonces Marta llamó a María, la cual se acercó a Jesús y también le dijo que podía haber evitado la muerte de Lázaro (Juan 11:32-33).

Después Jesús fue llevado al sepulcro y el Señor se conmovió y lloró. Entonces, el Señor oró y ordenó a Lázaro que saliera de la tumba. ¡Y Lázaro resucitó de entre los muertos!

María de Betania unge a Jesús

Los evangelios relatan una ocasión en la que María de Betania ungió al Señor Jesús (Mateo 26:6-13; Marcos 14:3-9; Juan 12:1-8).

Algunos estudiosos sugieren incluso que podría ser también la mujer que, en otra ocasión, ungió los pies de Jesús en la casa de un fariseo en Cafarnaúm llamado Simón el leproso, pero esto es muy improbable, y la mejor interpretación es que no hay que confundir a María de Betania con esta otra mujer en Galilea (Lucas 7:36-50).

Cuando María ungió al Señor provocó la indignación de los discípulos de Jesús, que la acusaron de malgastar unos recursos que podrían darse a los pobres.

Sin embargo, el Señor reprendió a sus discípulos y aprobó el acto de María, incluso resaltando el profundo significado de esa acción que lo preparaba para la sepultura, y asegurando también que el acto de María de Betania sería recordado en todo el mundo (Mateo 26;13).

En efecto, la única manera de entender el significado de lo que hizo María cuando ungió al Señor Jesús es comprender que no solo se había roto el vaso de alabastro, como tampoco se había derramado el nardo puro, sino que su propio corazón estaba allí humildemente roto, derramando la más genuina y profunda adoración, expresando toda la gratitud de su alma ante el Hijo de Dios.

¿Qué podemos aprender de la vida de María de Betania?

Podemos aprender mucho sobre María, su hermana Marta y Lázaro, pero en este caso, especialmente de María aprendemos que el amor a la Palabra de Dios es lo que realmente importa en nuestra vida, y que cuando tenemos esta «única cosa necesaria», el resultado no puede ser otro que la verdadera adoración que derrama nuestra alma ante el Señor.

También cuando leemos que «María eligió la mejor parte», nos damos cuenta que a veces somos muy parecidos a Marta, y elegimos otras prioridades, pero que lo que realmente debemos anhelar y poner de primero es el Señor. Así como el lo dijo el propio Señor: Buscad primeramente el reino de Dios.

Lo más importante de esta familia es que el Señor la amaba, la Biblia dice que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.» (Juan 11:5), y seguramente podemos entender que esta dulce mención se extiende a todos sus verdaderos discípulos.

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